Estimado Padre José María, director titular. Hermanas discípulas de Jesús y sacerdotes. Representantes de padres y madres del colegio. Miembros del equipo directivo.          Compañeros profesores y personal no docente.  Padres y madres del colegio.                      Alumnos que se gradúan este año.        Familiares que nos acompaña: Buenas tardes, gracias por asistir a este acto de graduación de los alumnos de segundo de bachillerato, curso 2022 2023. Hace unos días que el padre José María me propuso hacer el discurso de despedida a esta promoción tan especial para mí. No me dijo nada sobre el tiempo de que disponía. Pero no temáis, os aseguro que seré breve. Me gustaría empezar este discurso dedicando las primeras palabras a todas aquellas personas a las que nada les habría gustado más que estar sentadas entre los familiares más cercanos de los alumnos que se gradúan, pero que ya no se encuentran entre nosotros. En palabras de Marco Tulio Cicerón, “la vida de los muertos perdura en el recuerdo de los vivos”. Mientras les recordemos, seguirán viviendo con nosotros. En segundo lugar, permitidme que me dirija a los alumnos que este año acaban segundo bachillerato y empiezan una etapa nueva. Os conozco a la mayoría de vosotros desde que entrasteis a este colegio en 3 años. Bueno, hay al menos una persona a la que conozco desde bastante antes. Otros, os habéis ido incorporando en primaria, secundaria o bachillerato. A algunos os he dado clase en 1º ESO, o 2º ESO, a algunos os he conocido en la asignatura Cultura científica… pero de una forma u otra hemos establecido un vínculo muy especial. El vínculo de pertenencia a esta familia del colegio diocesano Santo Domingo. Durante vuestro recorrido educativo en este colegio, habéis vivido momentos muy intensos, tristes y alegres, difíciles y otros no tanto, ha habido fracasos, pero también éxitos… No haremos un elenco de estos momentos pero todos ellos os han ido moldeando para llegar hoy aquí. Estas situaciones, muchas de ellas adversas, os han infundido la virtud de la resiliencia, una característica muy humana que nos permite “mantener el rumbo a pesar de las dificultades”. Todos estos años hemos trabajado juntos, familia y escuela, dentro de un proyecto educativo que nos distingue. Más allá del aprendizaje formal, de los contenidos curriculares, hemos puesto mucho empeño en vuestra formación humana y cristiana. Nuestro proyecto educativo tiene uno de sus pilares en la síntesis de la fe y la razón, el diálogo entre la fe y la cultura, entre la fe y la ciencia. Hemos aprendido que hay razón en la fe y fe en la razón, como bien decía Santo Tomás de Aquino. Ahora, permitidme que os describa un paisaje. En Burgos se encaran dos grandes monumentos de la humanidad, separados por el río Arlanzón. Por un lado, la catedral gótica, que se eleva hacia las alturas, Patrimonio de la Humanidad. Es un lugar en el que todo el mundo puede ir a recogerse en la fe, encontrarse consigo mismo y con Dios. Comenzó a construirse casi 800 años antes que el Museo de la Evolución Humana, que acoge en su interior restos de otro Patrimonio de la Humanidad. Ambos edificios están unidos por su asombrosa arquitectura y su intención de explorar la más transcendental de las preguntas: ¿quiénes somos? Pues no lo sabremos, ni sabremos qué nos espera en el futuro, si no conocemos nuestro pasado. En el Museo de la Evolución podemos encontrar evidencias de que nuestros antepasados ya tenían pensamiento simbólico, enterraban a sus seres queridos a la espera de una vida después de la muerte, cuidaban de sus enfermos, sus ancianos y sus hijos, y contaban historias a la luz de la hoguera, historias que se transmitían de padres a hijos. Eso nos ha permitido llegar hasta hoy como especie: la esperanza de una vida eterna, valores como la empatía o la compasión, y el amor a nuestros semejantes. Un don entregado por Dios y que nos llena de sentido. Es esa nuestra misión en el mundo, eso es lo que da sentido a nuestra existencia. Recoger lo que nos dieron nuestros mayores y entregarlo a nuestros hijos. Hemos adquirido una deuda de gratitud. Pero es una deuda que se paga hacia adelante. Vuestros padres han cuidado y seguirán cuidando de vosotros, y os han dado la oportunidad de comenzar a construir un futuro digno. Os han entregado un testigo, igual que sus padres se lo entregaron a ellos. Ahora, vuestros padres vuelven la mirada atrás, para volver a cuidar de los suyos, de vuestros abuelos. Como digo, con dignidad. Esa, también, es vuestra misión. No la podéis elegir. Tampoco podréis elegir las circunstancias en las que tendréis que cumplir esa misión. Para algunos, la vida será un camino de rosas y el viento soplará a favor; para otros en cambio, estará llena de dificultades, pero tendréis que cumplirla, unos y otros. Y para ello, se os ha concedido un don: que podéis elegir cómo hacerlo. Cuando tengáis el testigo en la mano y comencéis el camino hacia la meta, cuando estéis solos y nadie os pueda ayudar…podréis levantar la cabeza, erguir los hombros, respirar hondo, y podréis dar ejemplo. Al llegar a la meta, podréis volver la vista atrás, hacia vuestros mayores. Como han hecho nuestros padres. Este es nuestro don, que podemos elegir cómo vivir nuestra vida. Con estas dos palabras, con las que quiero cerrar ese discurso. “Sed dignos”. Muchas gracias. Antonio Chumillas, profesor y padre de la alumna graduada, Teresa Chumillas.]]>